Artículo de "El País".
He aquí el relato de una peripecia personal extraordinaria,
la de Daniel Álvarez, que, sordo desde los cuatro años y ciego desde los
treinta, ha logrado construirse una identidad y una vida que
llamaríamos normales, si "lo normal" no nos pareciera tan opaco. Casado
con Helen y padre de Natalia, una niña de cinco años, Daniel despliega
una intensa actividad profesional que le obliga a viajar con alguna
frecuencia dentro y fuera de España. Jefe de la Unidad Técnica de
Sordoceguera de la ONCE (que ocupa a 16 personas), además de presidente
de la Asociación de Sordociegos de España, posee la medalla Anna
Sullivan, que es la condecoración más prestigiosa y antigua en
reconocimiento al esfuerzo realizado a favor de las personas
sordociegas.
Aunque Daniel está siempre en el interior de
su cuerpo (como cualquiera de nosotros, por otra parte), el hecho de
que ni oiga ni vea nos obliga a tocarle (como el que llama a una puerta)
para hacerle saber que estamos ahí. Hay personas especializadas en
tocar a los sordociegos, intérpretes que deletrean sobre la palma de su
mano las palabras del interlocutor con un sistema llamado dactilológico,
que Daniel ha perfeccionado con elementos procedentes de la lengua de
signos, alumbrando un método nuevo al que denomina Dactyls. Existe otra
forma de comunicarse con él: a través del correo electrónico, pues posee
un ordenador adaptado que tiene, bajo el teclado convencional, una
línea braille que traduce a este idioma el texto que aparece en la
pantalla visual. Gracias a este avance tecnológico, pudimos mantener una
correspondencia por la que averigüé que había nacido, mediado el siglo
pasado, en Olivenza (Badajoz), donde sus padres tenían un negocio de
zapatería. Como tres de sus hermanos (son cinco), perdió el oído a causa
de la estreptomicina, que en los años cincuenta se administraba sin
control. Tanto sus hermanos como él son orales, lo que significa que,
pese a no oír, aprendieron a hablar. A Daniel no resulta fácil
entenderle a menos que estés muy familiarizado con su dicción, que ha
perdido con el paso de los años una calidad que recuperaría recibiendo
clases de logopedia para las que dice no tener tiempo. Al no oírse a sí
mismo, su voz sólo está dirigida por su cerebro, de modo que ignora si
habla alto o bajo, deprisa o despacio. Él afirma humorísticamente que
las reuniones con los jefes le han estropeado el habla, porque siempre
tienen prisa.
Aprendió a leer y escribir en un colegio de
monjas de su pueblo, pero tomó la primera comunión sin haber aprendido a
rezar, pues no era capaz de entender por labiolectura a la profesora,
que, además de ser muy mayor, lo sentaba a su lado. Daniel movía los
labios dejando escapar ligeros sonidos que logró hacer pasar por
oraciones. Al problema de la sordera se añadió enseguida el de una
miopía extrema que dificultó el aprendizaje de la lectura labial.
De
aquella época, recuerda su lucha por demostrar a los compañeros del
colegio que era un chico normal. Dice que acabaron aceptándolo porque
jugaba bien al fútbol, aunque, dadas las dificultades para comunicarse
con él, le hablaban poco. "La relación con mis hermanos", añade,
"paliaba ese vacío".
A los 15 años perdió la visión del
ojo izquierdo, pese a lo cual terminó el bachillerato elemental y
comenzó a ir y venir de Barcelona, donde su problema con la vista era
tratado en la clínica del doctor Barraquer. "Mi madre", recuerda, "se
volvió sobreprotectora y no quería que fuera en bici ni que jugara al
fútbol, pero yo me rebelaba".
A partir de entonces,
completamente sordo y medio ciego, tuvo que abandonar los estudios y
comenzó a echar una mano en la tienda de su padre. Aunque muy poco dado a
la autocompasión, se refiere a aquella época, en la que empezaba a
interesarse por las chicas, con cierto desgarro. Se recuerda viendo
pasar a la gente al otro lado del escaparate de la tienda, mientras sus
amigos permanecían en el colegio. Finalmente, dada la frecuencia de los
viajes a Barcelona, la familia decidió trasladar su negocio a esta
ciudad, donde Daniel comenzó los estudios de delineante y decoración
(ambos a distancia), sin terminar ninguno por los problemas relacionados
con la vista. Sí logró sacar adelante, en cambio, los de grabación de
datos. Una vez aceptadas sus limitaciones, y en un intento por adaptarse
a las circunstancias reales, empezó a frecuentar la asociación de
sordos y a aprender la lengua de signos en compañía de sus hermanos.
En
la asociación hace nuevos amigos con quienes va de excursión y practica
el montañismo. De aquel tiempo, que discurría despacio, recuerda el
gusto por los largos paseos. A veces entraba en librerías donde
permanecía horas (una de sus frustraciones es no haber podido estudiar
Filosofía y Letras), aunque raramente podía comprar un libro. Desde el
punto de vista sentimental, la situación era de desastre. Conserva de sí
la imagen de una persona divertida, pero con dificultades para atraer a
las chicas, que se asustaban ante el problema de la sordera, acentuado
por unas gafas de 25 dioptrías.
A los 23 años conoció a
Asun, una chica oyente de su pueblo y amiga de su hermana menor, con la
que se casaría cuatro años más tarde. Dice que hacían una excelente
pareja, aunque los dos tenían un carácter muy fuerte. Entretanto, la
ceguera, pese a las operaciones sucesivas, fue avanzando, de modo que a
los 32 años ya no veía más que luz y unos meses más tarde era ciego
total. Así las cosas, el matrimonio decidió volver a Badajoz, pues la
vida en una gran ciudad, dadas las circunstancias, resultaba
insoportable.
Atrapado dentro de su cuerpo, sin ver ni
oír absolutamente nada, comenzó a leer mucho en braille y mediante una
suerte de escáner capaz de traducir a este idioma cualquier texto,
incluido el del periódico. Como no soportaba la inactividad, aprendió
también a cocinar y a realizar tareas domésticas. Cada día se proponía
nuevos retos, como arreglar una lámpara o colgar un cuadro. Cuando se le
acabaron los retos caseros, empezó a marcarse desafíos externos,
siempre con la ayuda de Asun, con quien empezó a frecuentar la ONCE. Por
aquella época aprendió a leer y escribir en inglés, y dio alguna
conferencia sobre la sordoceguera en Badajoz (su habla todavía era
inteligible).
El 1985 fue un año decisivo, pues la ONCE
le pagó la asistencia a la primera Conferencia Europea de Sordociegos,
donde descubrió el mundo de los guías intérpretes, especialistas que
actúan de enlace entre los sordociegos y el mundo exterior. Allí se hizo
una pregunta clave: "Si otros pueden, ¿por qué yo no?". Elaboró
entonces un proyecto de atención para las personas sordociegas que la
ONCE aceptó, lo que implicaba trasladarse a Madrid y comenzar una vida
nueva, laboralmente activa. Tal horizonte llenó de optimismo al
matrimonio, que decidió tener un hijo. El embarazo y el parto
discurrieron sin problemas, pero el niño falleció a los dos días de
nacer. "Nunca", me contaría Daniel, "pudimos explicarnos esta tragedia".
Una
vez en Madrid, y con Asun convertida ya en su guía intérprete, se
dedicaron en cuerpo y alma al trabajo. El programa fue creciendo dentro
de la ONCE, pero la relación entre ellos se deterioró, posiblemente,
dice, por el hecho de trabajar juntos y de llevarnos los problemas y las
tensiones a casa. El caso es que se divorciaron y ella se marchó a
Inglaterra.
Tras valorar la posibilidad de regresar a
Barcelona, donde vivían sus hermanos (sus padres ya habían fallecido),
Daniel, resuelto a sacar adelante el proyecto que le había conducido a
Madrid, decidió permanecer en esta ciudad, pese a no conocer a nadie en
ella. Alquiló un apartamento de soltero cerca del Centro de Recursos
Especiales Educativos de la ONCE, donde trabajaba, e intentó llevar una
vida normal. Del apartamento al centro de recursos empleaba 20 minutos,
que recorría cada día dos veces, una de ida y otra de vuelta, con la
ayuda exclusiva del bastón. Las personas ciegas se orientan
especialmente a través del oído. Los sordociegos, en cambio, sólo
cuentan con el tacto. Excepcionalmente sensible a los estímulos externos
relacionados con este sentido, a veces se guiaba por el roce del Sol en
la cara. A primera hora de la mañana, sabía que el Sol se encontraba al
Este, de forma que si se extraviaba, lo buscaba con su rostro. Para
personas como Daniel, el Sol es de una gran ayuda excepto al mediodía,
cuando se encuentra en el cenit. Al llegar a los semáforos, sacaba del
bolsillo una "cartulina de comunicación" que colocaba en alto y en la
que ponía: "No oigo ni veo. Si puede ayudarme a cruzar, agárreme de este
brazo. Gracias". Siempre lleva encima varias tarjetas de este tipo, una
para cada situación. No es raro que la gente, mientras le ayuda a subir
al autobús o a cruzar la calle, le hable. Yo mismo, durante el tiempo
que pasé con él, podía aceptar que estuviera sordo, o que estuviera
ciego, pero no me acostumbraba a que tuviera los dos problemas al mismo
tiempo. De otro lado, la ceguera es, en la mayoría de los casos, una
carencia evidente, pero no hay ningún indicador externo de la sordera. A
veces, en los pasos de cebra, que suele cruzar solo, levantando el
bastón para avisar a los automovilistas, se acercan a él personas que le
preguntan si pueden ayudarle y que, al no recibir respuesta, le toman
por un maleducado.
Del olfato recibe una ayuda relativa,
pues el olor, dice, deja de percibirse cuando es siempre el mismo. "La
única forma de averiguar si he llegado realmente a mi casa", añade, "es
ver si encaja la llave". Me cuenta, sin embargo, que en una ocasión se
perdió y percibió un olor a café procedente de un bar en el que entró y,
con una de sus "tarjetas de comunicación", pidió que llamaran a Yolanda
de los Santos, su actual guía intérprete, para que fueran a buscarle.
Después
de un tiempo de soledad, conoció a Helen, que trabajaba como guía
intérprete y que sabía inglés, por lo que era perfecta para echarle una
mano en las reuniones internacionales, a las que acudía ya con alguna
frecuencia. La relación laboral evolucionó y acabaron enamorándose. Tras
vivir juntos un tiempo de prueba, se casaron por lo civil. Las cosas al
principio no fueron fáciles, porque Daniel había cogido durante la
época en la que vivió solo una fuerte depresión que le condujo a la
bebida, si bien asegura con ironía que se emborrachó por primera vez a
los 40 años. Cuando las cosas mejoraron, hacia 2001, decidieron tener un
hijo "sin miedo". En el momento del parto, Daniel permaneció en el
quirófano con un guía intérprete que deletreaba sobre la palma de su
mano cuanto ocurría fuera. Dice que fue muy emocionante y que la niña ha
reforzado mucho su relación con Helen, cuyo undécimo aniversario
celebraron recientemente.
Natalia nació en abril de 2002.
Es una cría activa, guapa, muy seductora, que, como me explica su
madre, es más consciente del riesgo que las niñas de su edad. Sabe, por
ejemplo, que en su casa jamás debe haber cajones abiertos, o juguetes
por el suelo, porque representan un peligro para su padre.
"Cuando
era más pequeña -añade Daniel-, jugábamos al escondite, pero yo, claro,
no la encontraba nunca, así que lo tuvimos que dejar, pero no fue fácil
explicarle por qué. Ahora ya sabe que me tiene que tocar para que yo
sepa que está ahí.
Ha comprendido la situación.
"Un
día -apostilla Helen- se llevó al colegio fotos de un viaje de Daniel a
Australia y explicó a toda la clase cómo era su padre. "Mi padre",
dijo, "no ve ni oye, pero puede tocar canguros y koalas, y así sabe cómo
son". Sus compañeros se quedaron muy impresionados.
Me
contaban todo esto mientras desayunábamos en su casa, situada en un
barrio de las afueras de Madrid, ciudad que él no ha visto nunca ni
cuyos sonidos ha escuchado jamás, puesto que llegó a ella cuando había
perdido ambos sentidos. Un poco antes del desayuno, mientras Helen y
Natalia iban y venían de la cocina disponiendo la mesa, Daniel y yo
habíamos permanecido sentados el uno al lado del otro algo violentos, me
parecía a mí, por la situación. Yo carraspeaba de vez en cuando para
que me tuviera localizado, aunque inmediatamente caía en la cuenta de
que no podía oírme. Entonces, realizaba algún movimiento en apariencia
casual para rozar mi brazo con el suyo, de modo que supiera que me
encontraba junto a él. Natalia aparecía corriendo con las tostadas o las
tazas y desaparecía a la misma velocidad. A veces, al depositar los
objetos sobre la mesa, rozaba el cuerpo de Daniel, que alargaba su mano
en un intento de atrapar la de la niña, que se le escurría entre los
dedos como un pez. Mientras desayunábamos, Helen tecleaba sobre la palma
de la mano del sordociego cuanto yo comentaba y me traducía sus
respuestas, todo ello sin dejar de desayunar. Daba la impresión de
poseer cuatro manos en vez de dos, o seis, si pensamos que también tenía
que atender con alguna frecuencia a los requerimientos de Natalia. Les
pregunté cómo discutían, pues no era capaz de imaginarme a la pacífica
Helen escribiendo con furia un improperio sobre la palma de la mano de
su marido. Se tomaron la pregunta con humor y Daniel añadió que él, al
no ver ni oír, tenía ventaja en las peleas conyugales.
Tras
el desayuno, Daniel salió a la terraza a fumar un cigarrillo. Comenzaba
un amanecer que él no veía, al tiempo que desde el fondo de la calle
llegaba un ajetreo de automóviles que él no escuchaba. Mientras Helen y
Natalia recogían la mesa, yo observaba al sordociego desde el salón,
fascinado por su hermetismo, intentando ponerme en sus zapatos. Pensé en
su cuerpo como en un ascensor sin puertas y tuve una ligera reacción
claustrofóbica. Él, ajeno a mi presencia, como una isla en medio del
mundo, se llevaba el cigarrillo pausadamente a la boca, se tragaba el
humo y lo expulsaba con la elegancia con la que en general realiza todos
sus actos.
Aunque en negociados distintos, Daniel y su
mujer trabajan en el mismo centro de la ONCE, al que acuden juntos en el
coche cada mañana, después de que Helen haya dejado a la niña en el
colegio, que está muy cerca de la casa. Por la tarde, él regresa solo en
el autobús, pues no quiere perder la autonomía y la libertad
conquistadas a lo largo de los últimos años. Aquel día acompañamos todos
a Natalia al colegio y luego cogimos el coche. Helen conducía con la
mano izquierda, mientras que con la derecha traducía sobre la mano de
Daniel, que iba a su lado, mis comentarios y le ponía al corriente de
las incidencias del tráfico. Le pregunté por sus recuerdos auditivos y
me respondió que, aunque eran muy vagos, a veces fantaseaba con la idea
de recuperar el oído e imaginaba con emoción la posibilidad de escuchar
música.
"Mi padre -dice- tenía muy buena voz y cantaba en el coro de la iglesia. Yo estaba siempre allí, y es lo único que recuerdo.
En
cuanto a su memoria visual, la recupera sobre todo en los sueños.
Cuando sueña, ve a las personas con el rostro que tenían antes de que él
perdiera la vista, hace ya más de veinte años. A su mujer y a su hija
no las ha visto nunca, de modo que cuando sueña con ellas, no consigue
distinguir su rostro. Ve caras borrosas.
"Cuando veía
-añade-, era un buen fisonomista y me bastaba ver a la gente una vez
para reconocerla. Hacerse idea de cómo es una persona con sólo darle la
mano no es fácil. No obstante, yo puedo percibir a través de la mano
algunas emociones. También soy capaz de calcular la estatura y la
complexión de quien me saluda.
Esa mañana visité, en
compañía de Daniel y de Yolanda de los Santos, su guía intérprete, una
unidad de escolarización de niños sordociegos (algunos de ellos,
congénitos) dependiente de la Unidad Técnica de Sordoceguera de la ONCE,
de la que es responsable el protagonista de estas líneas. Había seis o
siete niños atendidos casi por el mismo número de profesoras, pues la
atención debe ser prácticamente individualizada. Cuando les comunicaron
nuestra presencia, se levantaron para tocarnos. Resultaba evidente la
naturalidad con la que se dejaba tocar Daniel y la barrera involuntaria
con la que se encontraban al acercarse a mí, cuya rigidez sin duda
percibían. Evoqué con sentimiento de culpa un texto del propio Daniel
según el cual el uso constante del tacto para obtener información del
entorno es fundamental, pues desarrolla en estas personas hábitos
nerviosos, cerebrales y musculares que mejoran la capacidad de acceso a
la realidad, llena de espacios vacíos, de agujeros, provocados por la
falta del oído y de la vista.
Cuando estos niños tienen
algún resto auditivo o visual, por pequeño que sea, se le saca el máximo
partido. Me explicaron que lo fundamental era establecer la
comunicación con ellos, no importaba cómo. Una vez establecida esa
comunicación, se les podía ir dirigiendo poco a poco hacia una enseñanza
reglada.
"Los sordociegos de nacimiento -insistiría
Daniel- aprenden a base de tocar, tocar y tocar el mismo objeto muchas
veces. Cuanto más tarde nos llegan, más difícil es su recuperación. No
es raro, por otra parte, que los lleven a colegios de deficientes
mentales, lo que es un modo de determinarles para el resto de su vida.
Pasamos
la mañana visitando las distintas dependencias de la unidad y luego nos
fuimos a comer. A la comida se incorporó también Helen. Daniel se sentó
entre Yolanda de los Santos y su mujer, que se turnaban para
explicarle, una en cada mano, cómo era el restaurante y nuestra
situación en él. Helen, para ejemplificar el rechazo que la diferencia,
en general, provoca en los otros, contó que a su abuelo, cuando tuvo
noticias de su boda con Daniel, lo primero que se le ocurrió fue que se
casaba con un cadáver. En cuanto a su hermana, pensó que iba a ser un
hombre calvo, barrigón y feo. Todo ello contribuyó a que no fuera una
decisión fácil. Me hizo notar también que no es lo mismo querer a
alguien que convivir día a día con la sordoceguera. Por eso vivieron
juntos un año antes de pasar por el juzgado.
"Aun así
-añade-, perdimos algunos amigos por el camino, porque yo me negué a ser
sólo su intérprete. Quien quiera comunicarse con Daniel, ha de hacerlo
directamente con él.
"Pero tú eres un poco rara, ¿no?" -me atrevo a apuntar.
"Quizá
sí. A veces, cuando vamos juntos a recoger a Natalia al cole, algunos
padres se apartan. Por lo general, pienso que ellos se lo pierden, pero
lo cierto es que a veces me siento una isla con él.
Mientras
hablo con Helen, Yolanda traduce a Daniel nuestra conversación. No
dejan un solo segundo de informarle de cuanto ocurre fuera de él, ya sea
que ha venido el camarero para preguntar si todo está bien o lo que hay
en el plato de cada uno. Quince segundos sin tocarle son 15 segundos de
aislamiento absoluto, de vacío. Daniel, por otra parte, es un
conversador muy activo. Me cuenta que en EE UU y los países nórdicos hay
comunidades de sordociegos donde todo está preparado para que lleven
una vida normal, autónoma, de modo que lo mismo acuden al supermercado
que a los centros de reunión completamente solos. En España no existe
ninguna comunidad de ese tipo, lo que, añadido al problema de que se
trata de colectivo muy disperso, hace las cosas más difíciles. En esto,
observo que Yolanda escribe sobre su mano algo que no se corresponde con
lo que hablamos.
"Le acabo de decir -me explica- que tiene el carpaccio en las nueve menos cuarto.
En
su código, el plato está dividido en las mismas partes que un reloj,
por lo que basta que le indique una hora para que él localice la comida.
De todos modos, Daniel no necesita ayuda para comer. Se relaciona
perfectamente con todos los utensilios. Encuentra la copa o el pan sin
dificultad, rastreando sutilmente el mantel con la punta de los dedos.
Yolanda me explicaría más tarde que se trata de una persona exquisita en
sus habilidades sociales. Su grado de autonomía es muy alto en todos
los órdenes de la vida cotidiana. Cuando viajan, por ejemplo, tras
explorar juntos la habitación del hotel y el cuarto de baño, para que se
haga una idea espacial del lugar en el que se encuentra, se queda solo y
es muy raro que necesite la ayuda de su guía intérprete. Nunca, en los
numerosos viajes que han realizado juntos, ha ocurrido nada digno de
reseñar, excepto una vez que se lavó la cabeza con el suavizante del
pelo.
Después de la comida, y tras resolver alguna
cuestión de última hora en el despacho, Daniel dio fin a su jornada
laboral y emprendió el regreso a casa seguido a cierta distancia por mí,
que quería ver cómo se manejaba solo en la calle. (Conviene añadir que
durante los últimos dos meses, y debido a unas obras llevadas a cabo en
su domicilio, Daniel y familia habían vivido en un apartamento de
alquiler situado en otro barrio. Aquel viaje era, pues, el primero que
realizaba tras esa larga ausencia).
En alguna ocasión me
había comentado que era "rápido, pero prudente", lo que comprobé
mientras observaba su forma de moverse por las calles, tanteando el
terreno con el bastón, que utilizaba como una terminación nerviosa de sí
mismo. En los pasos de cebra lo levantaba, colocándolo de forma
perpendicular a su cuerpo, y, tras esperar unos segundos, cruzaba. En
los semáforos, sacaba una tarjeta de comunicación y esperaba a que
alguien lo tomara del brazo para llevarle al otro lado. Alcanzó así, sin
problemas, la parada del autobús, cuyos alrededores exploró antes de
colocarse bajo la marquesina. A continuación sacó una tarjeta que
sostuvo durante unos segundos a la altura de su cabeza y en la que
ponía: "Sordociego. Ayúdeme a subir. Bus 174". Al poco, una señora le
tocó el brazo en señal de que había establecido contacto con el
exterior. Daniel guardó la tarjeta y esperó pacientemente la llegada del
autobús, cuyo conductor, que le conocía, dijo a la señora que le había
ayudado a subir: "No ve ni oye. Tiene mérito".
El
sordociego ocupó un asiento libre cerca del conductor y yo me situé unos
metros detrás de él, tomando nota de su imperturbabilidad, de su saber
estar, de su aplomo. Se desenvolvía sin miedo (sin pánico, cabría decir)
a que en las tarjetas de comunicación no hubiera en realidad nada
escrito, o a que la parada del autobús estuviera vacía, o a que al
avanzar el pie, en lugar de encontrar el suelo, hallara un abismo" En el
entorno del sordociego, me explicaría, suceden constantemente cosas en
las que está implicado sin saberlo. En cierta ocasión, y por culpa de la
entrada de un garaje cuya ausencia de acera le despistó, acabó en medio
de la calle, rodeado de coches que, según le contaron después, no
hacían más que pitar.
"Para alcanzar un mínimo de
autonomía -dice- se necesita tener un gran control sobre uno mismo,
serenidad, capacidad de deducción y de resolución de problemas, y mucho
sentido práctico.
Provisto de esas cualidades, que son el
resultado de una conquista personal, Daniel se levanta cada día de la
cama, se asea, elige la ropa (le preocupa mucho la combinación de
colores) y se enfrenta con una elegancia sorprendente a una dura jornada
de trabajo que es también (o me lo parece a mí) una dura jornada
existencial. Un día le pregunté si había precisado en alguna ocasión
ayuda psicológica. Me respondió que tratara de imaginar a una persona
que ni ve ni oye frente a alguien que trabaja fundamentalmente con la
palabra. Maldición, me dije, otra vez había olvidado que el problema de
Daniel era doble. Aun así, añadió que fue, en efecto, a un psicólogo
tras la disolución de su primer matrimonio, pero no pudo resistir mucho
tiempo porque tenía que acudir, lógicamente, con un guía intérprete, lo
que hacía casi imposible el tipo de comunicación personal que debe
establecerse en tales consultas. Me contó también que era muy difícil
encontrar sordociegos sin tratamientos antidepresivos o sedantes, sobre
todo si no llevaban una vida muy activa. "Tengo la vaga duda", añadió,
"de si mi médico oftalmólogo añadía al tratamiento de los ojos algún
calmante para paliar mi angustia en los tiempos de mis operaciones". En
general, Daniel rechaza los antidepresivos porque le hacen sentir raro,
como si fuera otra persona. Sospecha, por otra parte, que la pasividad
de muchos sordociegos proviene de este tipo de tratamientos, aunque se
trata de un colectivo con el que es muy difícil realizar estadísticas.
En
esto, llegamos a su parada, porque Daniel se levantó y se colocó cerca
de la puerta. Lo seguí y bajamos en un lugar completamente desconocido
para mí y donde además no había un alma. Sin ser de noche, la tarde
tenía ya ese tono turbio que precede a la oscuridad. El sordociego
tanteó con la punta del bastón los límites de la marquesina del autobús y
fue a tropezar con un contenedor de zapatos viejos que tapaba casi toda
la acera y cuya presencia me pareció que le extrañaba (quizá lo
hubieran colocado a lo largo de esos dos meses que había vivido en otro
barrio). El caso es que el contenedor, deduje yo, lo desvió de su rumbo y
comenzó a errar peligrosamente de un lado a otro. Se me había dicho que
no me acercara a él a menos que se encontrara en una situación
dramática, pero miré a mi alrededor y, al no ver a nadie capaz de
ayudarle, me aproximé y tomé su mano, en cuya palma escribí con mi dedo
índice: "Te has desorientado". Daniel asintió, añadiendo que llevaba
mucho tiempo sin hacer ese camino. Lo conduje de nuevo a la marquesina,
cuyos alrededores exploró en esta ocasión con más detenimiento para
tomar al fin el camino correcto. Cuando llegó al portal de su casa, me
acerqué de nuevo a él, le toqué y nos dimos un abrazo de despedida a lo
largo del cual yo pronuncié absurdamente unas palabras.